5 errores que cometemos en Misa y cómo corregirlos

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La misa es el sacrificio de Cristo hecho presente, es el centro de la vida cristiana. Por eso la Iglesia enseña que los fieles deben participar en ella de manera «plena, consciente y activa» (Sacrosanctum Concilium, 14). Por eso, revisar algunos errores comunes no es para señalar ni avergonzar, sino para aprender a vivir mejor este gran misterio.

1) Llegar sin recogimiento interior

A veces entramos al templo hablando, con prisas, distraídos o incluso revisando el celular hasta el último momento. Aunque parezca pequeño, eso afecta nuestra disposición interior. La Iglesia recuerda que también en la celebración debe guardarse, en su momento, un silencio sagrado (Instrucción General del Misal Romano, 45), porque el silencio ayuda a recogernos, a escuchar a Dios y a orar con mayor verdad.

¿Qué podemos hacer?
Llegar unos minutos antes, guardar silencio, hacer una breve oración y ofrecer la misa por una intención concreta. No se trata de “cumplir una regla”, sino de preparar el corazón para encontrarnos con el Señor.

2) Estar en misa como espectadores

Otro error frecuente es pensar que basta con “estar ahí”, aunque no respondamos, no cantemos, no sigamos las posturas de la asamblea o no pongamos atención. Pero la misa no se vive como un espectáculo. El Concilio Vaticano II insiste en que todos estamos llamados a una participación plena, consciente y activa (Sacrosanctum Concilium, 14), y la Iglesia también enseña que la uniformidad de posturas expresa y favorece la unidad de la comunidad reunida (Instrucción General del Misal Romano, 42).

¿Qué podemos hacer?
Responder, cantar, escuchar, arrodillarnos, ponernos de pie y unirnos interiormente a cada momento de la celebración. Participar no significa “hacer muchas cosas”, sino entrar con todo el ser en la oración de la Iglesia.

3) Pensar que la Liturgia de la Palabra no es importante

Hay personas que ponen toda su atención en la Comunión, pero viven las lecturas y el Evangelio como una parte secundaria. Sin embargo, la Iglesia enseña que la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística constituyen juntas un solo acto de culto (Catecismo de la Iglesia Católica, 1346). 

¿Qué podemos hacer?
Escuchar las lecturas como Palabra viva de Dios, no como una introducción a “lo importante”. Puede ayudar mucho leer el Evangelio del día antes de ir a misa o quedarse con una frase para meditar durante la semana.

4) Acercarnos a comulgar sin examinarnos

A veces uno puede pasar a comulgar por costumbre, por pena o simplemente porque todos pasan. Pero san Pablo hace una advertencia muy seria: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor… Examínese, pues, cada cual» (1 Corintios 11, 27-28). En esa misma línea, la Iglesia enseña que quien tiene conciencia de pecado grave debe recibir antes el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar (Catecismo de la Iglesia Católica, 1457; 1415).

¿Qué podemos hacer?
Hacer un examen de conciencia sencillo antes de misa y acudir a confesión cuando sea necesario. Esto no debe vivirse con miedo, sino como una llamada amorosa a acercarnos al Señor con un corazón dispuesto y reconciliado.

5) Recibir la Comunión sin reverencia ni conciencia 

Cuando la Comunión se vuelve algo automático, se puede perder el asombro. Pero la Iglesia enseña que en la Eucaristía Cristo está presente «verdadera, real y sustancialmente» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1413). Por eso, antes de recibir la Comunión, se pide un gesto de reverencia, y el fiel responde «Amén» como una verdadera profesión de fe (Instrucción General del Misal Romano, 160). No estamos recibiendo “algo bendito”, sino al mismo Jesucristo.

¿Qué podemos hacer?
Acercarnos con calma, hacer la reverencia correspondiente, responder con fe y recibir al Señor con verdadera conciencia. Recuperar el asombro eucarístico puede transformar por completo nuestra manera de vivir la misa.

La misa nos invita a amar mejor.

Todos podemos descubrir errores, distracciones o costumbres mal aprendidas. Pero la meta no es vivir la misa con angustia, sino con humildad y amor. La Iglesia nos corrige porque quiere ayudarnos a entrar más profundamente en el misterio que celebramos. Cada misa es una nueva oportunidad para escuchar mejor, participar mejor y amar mejor al Señor.

¡Que tengas un bendecido día en compañía de Jesús y María!



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